El equipo científico recolectó muestras de montes inexplorados y obtuvo datos más precisos sobre la morfología de estas estructuras volcánicas.

Una exitosa expedición científica está abriendo nuevas ventanas de conocimiento sobre el volcanismo submarino. Por 11 días,  un equipo de científicos liderados por el investigador del Instituto Milenio Ckelar Volcanes y académico de la Universidad Austral de Chile (UACh), Luis E. Lara, recorrió en el buque oceanográfico AGS-61 Cabo de Hornos los alrededores de la isla Robinson Crusoe, con el objetivo de estudiar estructuras poco conocidas del fondo marino.

La campaña fue posible gracias a un proyecto financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), que adjudicó tiempo de uso del buque de la Armada de Chile para investigaciones científicas de alto nivel.



La misión se centró en los ‘guyots’, un tipo de volcán submarino de superficie plana, producto de la erosión marina, que serían claves para revelar cómo se ha desarrollado el volcanismo en las profundidades del océano.

El proyecto busca, además, comprender los mecanismos que podrían explicar episodios de volcanismo tardío (aka ‘rejuvenecido’), observados en diversas islas oceánicas del mundo —como Hawái, Samoa y algunas islas chilenas del Pacífico—, cuyo origen aún es enigmático. 

La campaña —detalló el profesor Lara—, consistió en tomar muestras en siete sitios de la Dorsal de Juan Fernandez, una extensa cadena volcánica de la que es parte la isla Robinson Crusoe. Esta cadena, al igual que Hawaii y otras similares, se formó gracias a la actividad de un hotspot asociado a lo que se conoce como una pluma mantélica. A medida que la placa de Nazca se mueve sobre este punto caliente, se van creando islas y montes submarinos uno tras otro, formando una cadena.

El interés científico por estudiar los guyots, añade Lara, radica en gran parte al poco conocimiento que tenemos sobre el fondo marino. De acuerdo al académico, “este tipo de volcán presenta características similares a aquellos del continente, pero también diferencias importantes propias de su crecimiento bajo el mar. Además, son como cápsulas del tiempo que registran la evolución del fondo oceánico del planeta, mejor que cualquier libro”.

Muestreo bajo el mar

Parte del trabajo de campo durante la travesía consistió en realizar un mapeo batimétrico mediante una ecosonda multihaz, un instrumento que permite obtener imágenes de alta resolución del terreno submarino realizando un verdadero “escaneo” del relieve. Asimismo, un perfilador de subfondo permitió obtener imágenes de la cubierta de sedimentos en algunos de estos montes.

De forma complementaria, los científicos recolectaron muestras de rocas ubicadas entre 300 y 2.000 metros de profundidad empleando una “rastra geológica”, un instrumento desarrollado por los mismos científicos en base a la experiencia propia y de otros grupos de investigación internacionales. Este método, detalla el experto, utiliza una especie de cajón de metal que se lanza mediante un cable con el winche del buque hasta alcanzar la profundidad requerida para luego ser arrastrado lentamente a lo largo de un pequeño tramo del fondo marino. Esta es una maniobra delicada que no sería posible sin el protocolo creado por los mismos científicos, apoyado en las capacidades de navegación inercial del buque y la pericia de la tripulación.



Posteriormente —detalla el académico—, el trabajo de análisis científico consiste en integrar la información obtenida mediante los distintos métodos: la geofísica para hacer interpretaciones geomorfológicas y la geología para establecer la edad de las rocas y su composición geoquímica. Esta combinación permite realizar una primera caracterización y, a la vez, construir un escenario más claro sobre el origen y la formación de estas estructuras.



Hallazgos que abren nuevas preguntas

“En primera instancia, este estudio es un aporte importante al conocimiento del fondo marino —complementa Lara— ya que, en varios casos, pudimos extraer las primeras muestras de estos montes. Esto abre enormes posibilidades y seguramente nuevas preguntas de investigación”.

Por otra parte —continúa—, un hito relevante fue el hallazgo de un pequeño monte submarino no cartografiado previamente con batimetría multihaz, que destaca por presentar un cráter amplio de casi 3 km de diámetro (comparable al volcán Chaitén), que correspondería a una caldera volcánica, algo poco habitual en estructuras submarinas. Lo importante de este hallazgo —concluye— es que formaciones de este tipo podrían asociarse a erupciones explosivas, algo que hasta hace pocos años se consideraba poco probable a esas profundidades, donde suele ser más común la emisión de lavas.  Por lo tanto, la presencia de esta pequeña caldera submarina sugiere un proceso desconocido hasta ahora en la región y abre la posibilidad a un repertorio más amplio de estilos eruptivos bajo el mar.